Cuando llegué a Manizales venía con la ilusión de ayudar, de conocer otra realidad, de compartir mi tiempo y mi trabajo con quienes lo necesitaban. Pero con el paso del tiempo me he dado cuenta de que lo verdaderamente importante no estaba ahí, sino en todo lo que yo iba a recibir. Esa ha sido la mejor sorpresa que el Señor nos tenía preparada.

Una parte fundamental de esta experiencia ha sido vivir en comunidad con las hermanas. Llegar a su casa significó, de alguna manera, dejar de ser una visita a formar parte de su día a día. Compartir comidas, preocupaciones, risas… cosas que aparentemente son pequeñas pero que juntas construyen algo muy grande: sentirse en casa estando a miles de kilómetros de la propia. Ver que realmente dentro de lo cotidiano está el sentido de la palabra comunidad.

Y quizá, ahí está una de las mayores enseñanzas que me llevo. La vida comunitaria exige aprender a convivir, a adaptarse, a ceder, a escuchar y a cuidar. También exige abrir las puertas de la propia vida para dejar que otros entren. Durante estos días he sentido que ellas han hecho precisamente eso con nosotras: nos abrieron las puertas de su casa, pero también las de su vida.

El voluntariado, me ha dado la oportunidad de acercarme a los niños y a las diferentes realidades con las que conviven cada día. Todos los días traían algo diferente: momentos de alegría, situaciones que me hacían pensar, conversaciones inesperadas, y pequeños gestos que terminan teniendo mucho más valor del que parecía en un primer momento.

He aprendido que ayudar no siempre significa hacer grandes cosas. A veces significa estar. Escuchar. Jugar. Tener paciencia. Dar una palabra de cariño. Sentarse al lado del otro. Hacer sentir a la otra persona que importa. Y eso, muchas veces no es fácil, parar y mirar de verdad al que tienes al lado. No siempre somos nosotros quienes vamos a cambiar la realidad de quienes nos encontramos, sino que son ellos quienes terminan cambiándonos a nosotros.

Manizales me ha enseñado también a mirar de otra manera. A detenerme en realidades diferentes a la mía, a salir de lo conocido y a descubrir que aquello que desde lejos puede parecer muy diferente, de cerca tiene rostros, nombres, historias y sueños. Y en medio de todo eso, la comunidad se convierte en el lugar al que volver cada día y poder compartir lo vivido.

Me llevo muchas cosas de estas semanas: las calles de Manizales, los paisajes, las sonrisas y los abrazos de los niños, las conversaciones, los momentos compartidos y tantas pequeñas cosas que probablemente no sabría explicar a alguien que no las haya vivido. Pero, sobre todo, me llevo personas.

Me llevo la certeza de que una comunidad no es simplemente un grupo de personas que vive bajo un mismo techo. Es una familia que aprende a caminar junta. Y durante este tiempo, de una manera sencilla pero muy especial, nos han permitido caminar con ellas. Con la mirada puesta en el prójimo, sirviendo y dándose por enteras a los demás. Una comunidad que me ha enseñado que la vocación también se construye con pequeños gestos y que el compromiso con los demás no se limita al lugar de trabajo, sino que forma parte de una manera de vivir.

Cuando llegué pensaba que venía a entregar parte de mi tiempo. Ahora, al marcharme siento que me llevo más de lo que podía imaginarme.

Porque quizá el verdadero sentido de un voluntariado no está solamente en lo que uno hace, sino en aquello en lo que se convierte después de haberlo vivido. Descubrir que no siempre somos nosotros quienes dejamos algo en el lugar al que vamos, sino que a veces es ese lugar el que termina dejando una huella en nosotros.

Y yo me voy de Manizales con esa huella.

Vuelvo a casa un poco diferente. Con más preguntas, con la mochila llena de personas, muy agradecida y muy feliz de haber tenido la oportunidad de vivir esta experiencia al lado de las hermanas.

Porque cuando una casa te abre sus puertas, puede convertirse en refugio. Pero cuando las personas que viven en ella te hacen sentir parte de su vida, entonces puede convertirse en hogar.

Y eso es lo que ha sido para mi la comunidad en Manizales.

 

 

Rocío Zamora Aranda