Aquel 20 de julio aterricé en Colombia sin sospechar lo que este mes llegaría a significar para mí. Llegué como voluntaria, de la mano de las Hnas Hijas del Patrocinio, cargada con la ilusión de enseñar, acompañar y aportar mi humilde granito de arena. Venía convencida de todo lo que yo podía dar, ignorando por completo la inmensidad de lo que estaba a punto de recibir.
Durante estas semanas he sido, ante todo, profesora. He compartido mis mañanas con los niños en el colegio, volcándome especialmente en aquellos que más lo necesitaban. He jugado, he enseñado, he escuchado, he reído a carcajadas y, sobre todo, he aprendido con ellos.
Sin embargo, lo que me ha marcado para siempre ocurrió lejos de las aulas.
El colegio me permitió ponerles rostro a los niños, pero adentrarme en sus casas me obligó a mirar de frente su realidad. He cruzado el umbral de sus hogares, he conocido a sus familias y he guardado silencio para escuchar sus historias. Entré en casas sumamente humildes, levantadas con guadua, madera y materiales muy sencillos. En algunas, apenas hay espacio para respirar juntos; a veces ni siquiera existe una mesa en la que compartir la comida o un rincón decente donde los niños puedan hacer sus tareas. Vi a pequeños con los zapatos gastados de caminar una hora entera cada día solo para tener el derecho a estudiar.
Pero más allá de la dureza de esa vida, me llevo clavadas sus historias y la dignidad intacta de las personas que las habitan. Porque te aseguro que, después de pisar sus casas, ya nunca más vuelves a mirarles de la misma manera.
En el aula, la rutina te muestra a un niño que se distrae, al que le cuesta aprender, que no se queda quieto o que llega con los ojos tristes. Pero ahora sé que, detrás de ese pupitre, hay : una familia al límite, unas circunstancias que ahogan y una historia invisible para los demás. Descubrir esto me enseñó a mirar desde el corazón. Me obligó a tener una paciencia infinita, y un cariño desbordante.
Me conmovió hasta las lágrimas comprobar que la pobreza no define la grandeza de estas personas. Me encontré con familias que, desde la más absoluta escasez, me abrieron las puertas de sus vidas con una generosidad que me dejó sin palabras. Me regalaron su tiempo, me confiaron sus cicatrices, me iluminaron con sus sonrisas y me arroparon con su afecto. Es inmenso lo que tengo que agradecerles.
Llegué creyendo que traía grandes lecciones que impartir, y hoy me voy con la certeza de que he sido yo la alumna aventajada.
Me voy sabiendo que dejé algunas nociones de matemáticas, lengua, música o algún juego nuevo. Pero me llevo el verdadero tesoro: unos ojos nuevos. La certeza absoluta de que cada niño esconde una historia que clama ser abrazada, y que jamás sabemos el peso del mundo que alguien carga cuando se sienta frente a nosotros.
Hago las maletas con mil imágenes grabadas en la mente, pero, sobre todo, llevo nombres propios tatuados en el corazón. Me llevo sus risas, sus abrazos apretados, sus ocurrencias brillantes y esas miradas profundas… instantes mágicos que ellos ni siquiera intuyen que me han transformado para siempre.
En unos días mi vuelo aterrizará en España, volveré a mi familia y a mi vieja rutina. Pero sé muy bien que la mujer que regresa no es, ni por asomo, la misma que partió.
Porque vine con la arrogancia de quien cree que va a dejar un pedacito de sí misma aquí. Y ahora, a punto de marcharme, siento que es Manizales-Colombia quien me arranca un pedazo del alma para quedárselo. Y yo, a cambio, me llevo muchísimo más: lecciones de vida, recuerdos imborrables, una gratitud eterna y, sobre todo, a ellos.
Personas que me han enseñado a vivir sin darse cuenta. Niños que han llenado mis mañanas de luz. Familias que hicieron de su hogar mi refugio. Y aunque mi cuerpo cruce el océano, sé que una parte de mí ya se ha quedado a vivir en estas montañas.
Porque hay lugares a los que llegas con vocación de ayudar, solo para terminar entendiendo que la única ayudada y salvada fuiste tú.
Colombia será para siempre ese lugar para mí.
Gracias por dejarme entrar. Gracias por enseñarme. Gracias por quererme así.
Me voy, pero me llevo a cada uno de vosotros latiendo en mi pecho.
Marta Baena Navarro

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