Durante las próximas semanas, millones de personas en todo el planeta compartirán una misma emoción. El Mundial de Fútbol 2026, que se celebrará por primera vez en tres países Estados Unidos, Canadá y México, promete hacer historia por sus dimensiones, por el número récord de selecciones participantes y por la enorme movilización de aficionados que generará. Sin embargo, más allá de los estadios llenos, de los goles y de los trofeos, este acontecimiento nos invita a reflexionar sobre algo mucho más profundo.
El Papa León XIV lo expresó recientemente con una imagen sencilla pero poderosa: «Quien no sabe pasar el balón, aunque tenga talento, aún no ha comprendido el juego. Y quien no sabe vivir con los demás y para los demás aún no ha comprendido la vida». En un tiempo marcado por el individualismo, el fútbol sigue recordándonos una verdad esencial: nadie gana solo. Detrás de cada victoria hay esfuerzo compartido, confianza mutua y personas que trabajan juntas por un objetivo común.
Precisamente por eso, el Mundial también pone ante nuestros ojos algunas de las grandes realidades de nuestro tiempo. Los debates sobre la migración, las condiciones laborales o las desigualdades sociales conviven con la celebración deportiva. Son historias que muchas veces quedan fuera de los focos, pero que forman parte de la misma realidad que rodea al torneo. Ignorarlas sería perder una oportunidad para mirar el mundo con mayor sensibilidad y compromiso.
La grandeza de este Mundial no dependerá únicamente de quién levante la copa al final del campeonato. Su verdadero legado estará también en nuestra capacidad para recordar a quienes permanecen en los márgenes, a quienes no aparecen en las fotografías ni ocupan las portadas. El Evangelio nos enseña precisamente eso: a reconocer la dignidad de cada persona y a no olvidar nunca a los más vulnerables.
Cuando el balón empiece a rodar, disfrutaremos de la pasión, del talento y de la emoción que hacen del fútbol un lenguaje universal. Pero quizá el mejor resultado que podamos obtener de esta gran cita deportiva sea recordar que la vida, igual que el fútbol, alcanza su sentido más pleno cuando aprendemos a jugar en equipo, a compartir nuestros dones y a buscar el bien de los demás.
Porque al final, la victoria más importante no se celebra en un estadio, sino en el corazón de quienes aprenden a construir comunidad.
Andreína Falciano Mora

Comentarios recientes