Hoy, en Pentecostés, recibimos el don que lo hace todo posible: su Espíritu. No estamos solos, no caminamos solo con nuestras fuerzas… Dios mismo habita en nosotros.

Ser presencia luminosa Hoy más que nunca, el mundo necesita personas habitadas por el Espíritu: hombres y mujeres que no propaguen miedo ni división, sino esperanza; que no cierren puertas, sino que generen encuentro; que no se queden en meras palabras, sino que encarnen el amor de Dios en lo concreto.

Jesús nos da su Espíritu y nos hace partícipes de su propia misión. Ser una «presencia luminosa» es hacer creíble que Jesús vive allí donde nos encontremos, convirtiéndonos en artesanos de paz que unen y levantan. En cada gesto de reconciliación, en cada puente tendido, en cada palabra que devuelve dignidad y en cada paso que sostiene al caído, el milagro de Pentecostés vuelve a ocurrir. Y es ahí, en lo pequeño y en lo diverso, donde el mundo comienza a renovarse.

 Jesús resucitado, gracias porque nos llenas de tu Espíritu. Haznos portadores de tu paz en medio de nuestras diferencias.

Venga a nosotros tu paz.

J.T.