Comencemos ambientándonos en uno de los episodios de la Biblia más conocido por todos nosotros: “El hijo pródigo”, tan conocido por todos y con tantos motivos para hablar de él. Ese hijo tan parecido a nosotros, tan humano, tan cercano, tan egoísta, tan centrado en otras cosas. El pasaje nos dice que se fue a un lugar lejano.  La pandemia nos ha sacado de la monotonía, nos ha sacado de nuestro territorio, nos ha llevado a un lugar distinto y allí han pasado cosas inesperadas.

Cuando estaba el hijo cuidando cerdos, entró en sí y pensó: “cuántos jornaleros de mi padre… me levantaré…” Este hijo necesitaba entrar en sí. Nosotros, en medio de todo esto, también debemos entrar en nosotros y volver, levantarnos…

Conectar con nuestras experiencias, no limitarnos a lo que nos ha pasado a nosotros (a mí), porque eso es un horizonte muy estrecho. Nuestra vida no somos nosotros nada más. Cuando miras alrededor, miras lo que está significando para otros y se amplían tus horizontes.

En nuestras emociones, en nuestros sentimientos. Dios nos habla ahí.

Los sentimientos son propios. Podemos sufrir por una uña o por un cáncer terminal y en ambos casos será sufrimiento.

Trabajar con nuestro interior, conscientes de que ese interior nuestro puede ser múltiple, variado y diferente.

Este tiempo nos ha ayudado a descubrir algo increíble: la fortaleza con la que lo hemos vivido todo. Hemos hecho cosas que hace seis meses no nos hubiésemos creído capaces de hacer.

Hemos descubierto capacidades que creíamos imposibles. Esta pandemia nos ha hecho ser más creativos, confiados en nosotros mismos. Hemos descubierto una capacidad de aguante que quizás ahora nos hace ser más cautelosos con la palabra “imposible”.

Lo importante de este tiempo es encontrar un sentido. El sentido no se nos da de entrada. Hay que buscarlo. Hace falta dedicar trabajo a recibir una enseñanza que va a ser para toda la vida. Hay cosas que te enseñan las vidas que ya no las olvidas. Dios trabaja en tu busca de sentido y ahí te espera.

Después de una experiencia radical y fuerte es imposible volver a lo anterior. Esas experiencias a las que sí le dedicamos esfuerzo y atención nos descubren que ya somos distintos.