Es difícil proyectar qué pasará de ahora en adelante en Venezuela. El presente está cargado de incertidumbre y el futuro aún no tiene contornos claros. Sabemos que algunas acciones recientes, especialmente desde el exterior, han vulnerado principios del derecho internacional. Pero también sabemos que el drama venezolano no comenzó ayer.

Durante más de veintiséis años, Venezuela ha sido testigo de un deterioro constante y profundo. Un país que vio apagarse su sistema educativo, que normalizó el hambre, que aprendió a vivir bajo represión y miedo. Se violaron derechos humanos de manera sistemática; miles de personas fueron encarceladas injustamente, muchas torturadas, silenciadas, olvidadas.

La vida cotidiana se volvió una lucha: colas interminables para conseguir gas, gasolina, medicamentos, leche. Pensiones y sueldos que dejaron de ser un sustento para convertirse en una burla a la dignidad. Familias obligadas a separarse, no por elección, sino por necesidad, para que quienes se quedaban pudieran al menos sobrevivir gracias a la ayuda de quienes se fueron.

Ha sido una noche larga. Muy larga. Una temporada de desgaste físico, emocional y moral. Hubo momentos en los que la esperanza parecía un lujo imposible, una palabra vacía. Y sin embargo, cuando todo parecía perdido, algo volvió a moverse por dentro.

No se piden milagros ni promesas grandilocuentes. No se exige un futuro perfecto. Solo se anhela lo esencial: volver a despertar con esperanza. Caminar, aunque sea despacio, hacia algo mejor. Reconstruir desde lo pequeño, desde la verdad, desde la dignidad recuperada.

Venezuela no ha olvidado lo que es resistir. Tampoco ha perdido del todo la capacidad de soñar. La esperanza, aunque golpeada, sigue viva. Y a veces, eso es suficiente para empezar de nuevo.