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lunes, 27 de mayo de 2019
SÍNODO DE LOS JÓVENES
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- Por: Andreína Falciano, hpm
Dios recompensa la generosidad.

 

Hoy empezamos nuestra reflexión partiendo de la frase del pensador francés, Paul Claudel: “Dios mío… ten piedad de esas aguas que en mi mueren de sed”

En las jornadas formativas en las que participamos varias hermanas sobre el Sínodo de los jóvenes, se nos decía que dignificar las nuevas vocaciones es algo que tenemos que tener especialmente presente en este tiempo. Partir del hecho de que una gota de agua pura basta para purificar un océano y que tener vocaciones y no valorarlas, es una pena. Estamos llamadas a cuidar nuestras vocaciones y darles posibilidades.

Mirar y admirar el conjunto: la armonía del Cuerpo de Cristo, busca el crecimiento de todo el Cuerpo y no solo de unos miembros, hay un florecimiento vocacional, es un tiempo carismático… Y debemos cuidar que el aroma de nuestra congregación, de nuestro carisma, sea atractivo, que huela bien, que impregne. Convertirnos en buen olor, en aire, en agua, porque hay personas que tienen sed, jóvenes sedientos que están buscando un agua pura. La Iglesia está creciendo vocacionalmente como nunca, la llamada de Dios se siente con más fuerza, las respuestas son más radicales y con mucho más compromiso que en otros tiempos.  Aunque en ocasiones sintamos que estamos decreciendo, la Iglesia está creciendo, el cuerpo crece, Dios recompensa la generosidad, no hay sequía vocacional, hay movimientos, comunidades base, grupos laicales, voluntariado, jóvenes de rodillas frente al sagrario.

Charles Péguy decía algo así… “lo peor no es tener un alma perversa, sino un alma acostumbrada”. No magnifiquemos el pasado, aprovechemos nuestro presente, comprometámonos con llamar, con escuchar, con abrir, con vivir.  Demos de un poco de tanto que hemos recibido.

 

 

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