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Luciérnagas en la oscuridad
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- Por: Rena Carceos, Grecia
Mensaje dirigido a todos los niños del mundo

Cada vez que mi hermano y yo leíamos un libro interesante, se encendía en nuestro jardín una lucecita. Era la luz de una luciérnaga. Y como a los dos nos encantaba leer, no fue nada extraño que en poco tiempo nuestro jardín se viera inundado de lucecitas doradas. Una auténtica alfombra viva -cada hierba se convirtió en una pequeña llama- que nos acompañaba durante nuestras interminables veladas.

 

Pero ni mi hermano ni yo sospechábamos que mientras nosotros gozábamos con la lectura, a nuestro lado se desarrollaba una lucha invisible y silenciosa. Nunca pensamos en que nuestras luciérnagas, contando únicamente con las gotas doradas y luminosas, se afanaban en alejar la oscuridad perversa que amenaza envolver continuamente al hombre.

 

Primero nuestros vecinos, y luego los demás habitantes del pueblo se preguntaban extrañados, por qué las luciérnagas no abandonaban nuestro jardín ni de día ni de noche, dejando el resto del pueblo sumido en la oscuridad.

 

Un día mi hermano les desveló el secreto:

 

- Somos nosotros, les dijo, los que atraemos las luciérnagas a nuestro jardín. Lo hacemos con cada buen libro que leemos -añadiendo a continuación-: Cada uno de esos libros interesantes es una luciérnaga que ilumina las tinieblas y nunca se apaga.

 

Los demás campesinos se hicieron eco de nuestras palabras y empezaron a buscar también libros interesantes, esos libros que atraería a las luciérnagas.

 

Muy pronto se formó una larga cola a la entrada de la biblioteca del pueblo. Niños y adultos, hombres y mujeres, pedían más y más libros. Se había despertado el ansia por la lectura. Y ¡qué maravilla! Los jardines se llenaron de luciérnagas; los balcones y los tejados se vieron abarrotados de lucecitas doradas; el follaje de los árboles y las aceras se convitieron en un ascua de luz; y el campanario de la iglesia brillaba en la oscuridad. De repente el cielo se iluminó.

 

Entonces... entonces la constelación libro se descolgó desde el cielo y aterrizó mansamente en la plaza del pueblo. Era una constelación hermosísima, hecha de luces temblorosas, las luces de las luciérnagas, con su encanto increíble, fascinante. Irradiaban su luminosidad lo mismo que lo hacen todas las cosas que en este mundo encierran valores eternos, como el amor, la bondad, la libertad, la belleza, la ternura, la justicia y muchas otras realidades que llenan de sentido nuestras vidas y profundizan nuestra conciencia de los valores que justifican nuestro difícil y atropellado paso por el planeta.

 

Mi hermano y yo continuamos siendo unos chiflados de los libros. Teníamos una afición loca por la lectura.

 

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