ESP
Cerrar Sesión 
Estrella y Norte
Visitas 1
"Todo el mundo busca, algunos con impetuoso afán, pero sólo unos cuantos se atreven a encontrar la verdadera Estrella, el verdadero Norte. El Padre Luis fue uno de ellos" (¡Hijas del Patrocinio de María, orad!)

Rosario de madera, ojos entornados, pies descalzos. Dedos que caminan lentamente, se detienen por momentos, reanudan la marcha. Labios que desgranan oraciones susurradas a media voz, que piden, agradecen, escuchan y aceptan: amor puro, obediencia y humildad. Aquellas palabras estremecen de veras. Es como si al pronunciarlas, los sonidos se tornaran diminutas cuentas de este rosario invisible que nos conduce sin saberlo a un sexto misterio: el misterio de toda una vida, la del padre Luis Pérez Ponce. Su obra, fruto de la entrega más desinteresada, de desvelos sin tregua, generosos y admirables, no sería que el oscuro silencio del pasado o de lo desconocido si dejásemos atrás el calor humano que subyace a todo: manos que acarician y consuelan, miradas tan intensamente tiernas que casi aspiran a abarcarlo todo con su sola presencia, voz cálida, cual aliento que todos sin distinción necesitamos para aspirar. Porque ¿acaso el que no ame puede llegar a transmitir aquel amor que desconoce?, ¿o el que no siente en sus propias carnes la dicha y la grandeza de lo pequeño y efímero puede estimar al desvalido y compartir el tremendo dolor que éste padece?. Tampoco resultaría posible declarar la profundidad del carisma de nuestro fundador si nos empeñamos en contemplarlo con ojos apagados y corazón en penumbra. ¿Dónde dejamos la luz?, ¿dónde está María? Busquemos muy dentro de nuestro propio ser: cuando el espíritu llora en silencio, o la herida sangra sin ser vista, cuando se siente un inmenso vacío o todo nuestro ser grita por un encuentro... amigo mío, ahí, a tu lado, estará María. La misma Madre y Señora que cautivó para siempre al P. Luis, ¡aquella que supo combatir a través de su persona la sorda impotencia de una mujer explotada bajo el yugo de la ignorancia, los lamentos que ahogaban y ahogan la garganta de un niño; las lágrimas que se resisten a ser derramadas, como torrentes de estancada miseria que fluyen a escondidas en medio de una sociedad injusta, Luis buscaba, y ciertamente encontró. Más allá de la pobreza, las dificultades o la enfermedad que acabaría por consumir su cuerpo pero no su alma, aquel corazón joven tentaba a la muerte latiendo si cabe con mayor fuerza y vigor. No se puede expresar con palabras el sentido de tanto esfuerzo y dedicación. Quien espera y acoge el amor de María con brazos abiertos, gesto sincero, quien llega a sentirse el más querido en el regazo de una Madre, no necesita explicaciones que justifiquen su entrega y dedicación. El amor, el verdadero amor, el profundo e incondicional se justifica a sí mismo. Por él los obstáculos son superados, los proyectos más arraigados se emprenden con paso firme, sin vacilación, la sencillez y la austeridad satisfacen tanto como el lujo o la riqueza. El propio Luis se sentiría también arropado por un manto infinito que enjuga lágrimas y devuelve sonrisas. De esta forma, no podía sino dejar que sus manos, sus ojos y sus labios, fueran las manos, los ojos y los labios de una madre que arrullando dulcemente a su pequeño, desafía a la noche con luz muy suave. Aquel niño (porque todos somos en el fondo niños asustados) se dejó guiar por la estrella que ningún viento helado consigue apagar. "María, mi guía, amparo, estrella y norte" (P. Luis)

Mª Luisa Rodríguez Muñoz, alumna del colegio Espíritu Santo de Baena

Dosatic S.L. © 2018
Site desarrollado por DYNAMO 3.5

Política de Privacidad