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La Hna. Marina J. de la Cruz hoy
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La Hna. Marina fue una mujer que nació, vivió y se entregó a la construcción del Reino de Dios con toda su vida en el siglo XVIII. Fue indudablemente una mujer de su época, influenciada por la sociedad, la economía y la espiritualidad de esos años es, sin embargo, uno de esos extraños casos en los que una mujer se anticipa mucho, muchísimo, al siglo en el que vivió.

Leer las Advertencias varias y utilísimas reflexiones... que Marina hace a las Constituciones del Padre Luis es algo apasionante en muchos sentidos. Su prosa, viva y cercana, al mismo tiempo que de una expresividad lingüística y un uso del idioma envidiable, nos traen a la memoria no sólo a Santa Teresa de Jesús, sino a escritoras-religiosas tan brillantes como Sor Juana Inés de la Cruz en su Carta a Sor Filotea de la Cruz. La finura espiritual de sus escritos, el amor a Cristo, su cercanía a María, madre de la Congregación recién fundada; su preocupación por las hermanas de la comunidad y, sobre todo, por las niñas a las que educan y por toda persona con las que las hermanas entren en contacto, son notas que aparecen claramente en su breve obra: "Tratarlas deben con agrado respetuoso, sufriéndolas con paciencia, corrigiéndolas con discreción y prudencia (...). Mientras dura el ejercicio de la enseñanza, deberán elevar a Dios su corazón, deseando saberle agradecer a su Majestad un favor tan grande como en la verdad lo es poder cooperar a la salvación de unas almas, en cuyo precio gastó los tesoros infinitos de su poder y de su amor". (Advertencias, cap. 3, nº 4) Nos sorprende esta mujer, plenamente consagrada a Dios, en la realidad de la Iglesia y la sociedad del siglo XVIII.

Entregada a la causa de Dios en su trabajo sencillo y callado en un pequeño pueblo de Córdoba, pero con una gran formación y cultura, y con una vida de oración y entrega a los hermanos que la llevan a crear toda una teología de la Vida Religiosa que nos parece más propia del siglo XXI que de su tiempo, lo que Marina dice, en realidad, es tan intemporal y tan profundamente cristiano que es válido en cualquier época y lugar. Sus Advertencias nos hablan de generosidad, de entrega absoluta a Dios, hasta el punto, de rendir nuestra voluntad a la suya, dejar que sea Dios el que actúe en nuestro sentir y nuestro obrar llevando así a las hermanas a la plenitud humana y cristiana. Junto con esta obediencia a Dios habla del amor, un amor práctico, de todos los días, lleno de pequeños detalles que engrandecen la vida evangélica de las hermanas. Lo primero en la comunidad es Dios y su Voluntad, llevar su amor a todos, entregarse a la labor de formación integral de las niñas y mujeres... todo gira en torno a estas realidades, por eso, las hermanas no deben ser esclavas de su egoísmo, pero tampoco de prácticas de piedad, de horarios y estructuras que quitarían humanidad a la labor llena de Evangelio de la Congregación. Podemos entresacar, leer, meditar muchas de las palabras de la hna. Marina y aplicarlas a nuestra vida, pero especialmente, podemos quedarnos con esa libertad de espíritu que nos hace entregarnos totalmente a Dios, ser más generosas, amar más, no dejarnos esclavizar ni por las cosas que esclavizaban antes ni por las que esclavizan ahora. Sus palabras lo dicen mejor que las mías: "No debe, pues, nuestro amor contentarse con menos que con desear dar por este amor la vida, y aunque esto así se haga, quedamos con una deuda infinita, por ser siempre limitado nuestro amor. Mirar que este Señor nos amó antes que lo amásemos y que nos amó sin habernos menester". (Advertencias, cap. 7, nº6)

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