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sábado, 17 de noviembre de 2018
Agosto en Colombia
- Por: Andreína Falciano
21/08/2018 - 133 Visitas


Promoción vocacional en Manizales.

Desde que Sor Antonia me dijo que necesitaba que viniese a Colombia al mes vocacional, me surgieron muchas dificultades en los tramites de papeles y parecía imposible poder vivir esta experiencia. Hoy, reflexionando para escribirles, siento que Dios permitió que no viniese antes, sino justo en el momento donde siento que he podido desarrollar este trabajo de forma más comprometida y entregada.

Colombia es en estos momentos de mi vida, regalo para mí, me apasiona poder ver el compromiso social y la lucha que se tejen dentro del colegio donde estamos presente, tener la oportunidad de presentar un proyecto de pastoral vocacional tan claro y directo a las jóvenes,  porque así lo admiten, contar con un equipo de profesores tan comprometidos y preparado para trabajar en el campo de la pastoral vocacional, ir a otros colegios a hablar de la vocación  y que se nos deje entrar, hablar, cuestionar a las muchachas.  Tocar realidades de miseria tan profundas y ver como en cada cosa hay pequeños brotes de vida que siguen manteniendo la esperanza en las cosas, en la gente.

Siento, y no me pregunten por qué, porque no lo sé. Que vienen tiempos buenos para la congregación, que vendrán nuevas jóvenes y que las que están se fortalecerán en la entrega, siento que el Señor nos mostrará con claridad lo que espera de nosotras.

A continuación, les compartimos nuestra experiencia al volver a Bogotá y visitar el colegio de Vitelma.

El viaje fue realmente largo, más de 10 horas hicieron falta para llegar a Bogotá. Con suerte gozábamos de un excelente conductor y de una compañía muy amena, la música alta no podía faltar dentro del coche (eso es muy propio de estas tierras) el paisaje invitaba a estar despierta, todo era verde, muy verde, la flora y fauna realmente llamativa y cercana.

Pero nuestro propósito al venir a Bogotá perseguía un sueño, volver a estar en el lugar que tanto bien nos regaló como Congregación durante años y como persona, a las que tuvimos la suerte de vivir allí.

Llegamos a los laches-dorado en un taxi que nos bajó hasta el colegio, las primeras en llegar fueron las lágrimas, un nudo en la garganta nos invadió y durante unos minutos fue difícil hablar. Todo tan igual y a la vez tan diferente, todo tan bonito y a la vez tan feo. Fue duro ver que un lugar que estuvo tan lleno de vida, hoy este casi olvidado. Recorrimos el patio, las clases, los pasillos y fuimos recordando tantas cosas. Caminamos llenas de ilusión por el barrio y nos sorprendió como la gente salía a nuestro encuentro, como tanta gente era capaz de recordar a Isabel y de nombrar a tantas hermanas que han pasado por aquí, como nos pedían que volviésemos y como nos reprochaban que ya no estuviésemos.

En medio de tantas emociones encontradas, destacaba la alegría al ver lo que el barrio es hoy por hoy. Huele a progreso, las casas están pintadas de colores, las calles más limpias y en ambiente más relajado, hay revolución y vida como siempre, ¡es tan bonito estar allí!

A pesar de estar a tanta altura, caminamos hasta la casa de las hermanas vedrunas, quienes no nos esperaban, pero se volcaron en la bienvenida, nos hicieron sentir hermanas, nos ofrecieron lo que tenían y entre todas fuimos recordando cosas que habíamos vivido y nos fuimos confirmado, sin decirlo, que el ser hermanas va más allá de nuestras congregaciones, que la llamada nos iguala y nos hermana.

Terminamos ese día con la palabra GRACIAS en la boca y en el corazón, y al escribir, sentimos que se nos quedan tantas cosas por decir y que en muchas ocasiones las palabras no son capaces de recoger lo que hemos visto y oído.

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