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lunes, 24 de septiembre de 2018
PENSIONES
- Por: José María Rodríguez Olaizola, sj
01/03/2018 - 284 Visitas


Tenemos que preguntarnos seriamente qué futuro queremos.

Hace no demasiado tiempo, gente con altura de miras se sentó alrededor de una mesa para alcanzar un consenso. Se llamó a aquello que ocurrió Pactos de Toledo. Querían apuntalar el sistema de pensiones y la Seguridad Social iniciada décadas antes. Querían asegurar el futuro de los trabajadores en los años en que ya no dispusiesen de ingresos, a través de un sistema que obligase a ahorrar durante la vida laboral para recibir lo ahorrado en esa época de la jubilación –algo que se sostendría gracias a los ahorros (cotizaciones) de las generaciones siguientes–.

Tres elementos había en esa búsqueda: 1) por una parte, había una mirada a largo plazo. Y la capacidad de tomar decisiones basadas en ese largo plazo, aunque a las inmediatas no tuviese rentabilidad electoral. 2) Por otra parte, había una verdadera capacidad para el diálogo –y no un concurso de monólogos interesados con la única intención de generar forofismos y banderas–. Y 3) había la conciencia de que la redistribución es un camino para equilibrar un poco la desigualdad.

Hoy, sin embargo, empezando por el final, las grandes fortunas sobrevuelan las fronteras de los estados y han conseguido hacerse mucho más escurridizas, por lo que el altruismo solo depende de la voluntad de los filántropos (si los hubiera) pero no de una justicia redistributiva necesaria y exigible. Los partidos son incapaces de dialogar, por más que todos presuman de ello. Están instalados en su propia guerra, más interesados en conquistar el poder que en gestionarlo para el bien común. Y el pensar a largo plazo parece una quimera en este mundo de inmediatez y trending topic.

El drama es que esto, o se piensa y se soluciona a largo plazo, o cuando llegue y estalle, será demasiado tarde.

La sociedad civil, las instituciones, la Iglesia, los ciudadanos, creyentes o no, cada uno desde nuestras convicciones y miradas, tenemos que preguntarnos seriamente qué futuro queremos para nuestra sociedad, y tenemos que estar dispuestos a movilizarnos para exigir, a todos los líderes, sin demagogia ni oportunismo, que se pongan a buscar soluciones. O que se vayan.

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